martes, 24 de junio de 2008

10 razones para amar Crackdown


Los que hayan jugado a Crackdown, les haya gustado en mayor o en menor medida, seguro que estarán de acuerdo en que este juego tiene algo especial, un sentido de la unicidad que lo eleva entre muchas mediocridades de su género. A continuación les detallo, pues, diez razones por las que considero al juego de marras digno de ser toqueteado y completado a fondo.

1- Savia fusión de conceptos

Crackdown recoge la tradición del free roaming, con toda la libertad de movimientos que ello supone y la lleva a otro nivel gracias a la incorporación de elementos ya vistos en los juegos de Robocop que permiten controlar a un hipervitaminado agente de la ley. Todo esto con un pequeño componente de rpg relativo a las mejoras de unas habilidades que son la salsa del juego.

2- El protagonista

Como ya he apuntado, en Crackdown dirigiremos a un agente de la ley modificado genéticamente que podrá, entre otras cosas, saltar grandes distancias, esto implica de edificio en edificio, coger objetos pesados para usarlos a modo de arma, repartir leña con sus mortíferas patadas o mejorar las habilidades de puntería y conducción. Como dice mi colega Sesiman, la influencia de Spiderman en el juego es innegable, sobre todo en su segunda parte, que ahondaba todavía más en esta libertad fundada en GTA, pero las características del personaje lo emparentan más con otro superhéroe, Hulk, que precisamente ahora ruge en la gran pantalla. También se podría decir que Crackdown bebe de los The Gettaway o True Crime en este posicionamiento a favor del bien, al menos aparentemente, no tan frecuente en el género.

3- El genuismo gráfico

Normalmente se hace alusión del aspecto gráfico de un juego por rutina y glotonería, pero en Crackdown es un apartado obligado porque presenta una variante del cell shading nunca vista hasta la fecha que otorga un significado a toda su obra. Por momentos, la calidad de las texturas nos hará creer que el juego se mueve bajo un entorno realista. Nada más lejos de la realidad, Crackdown se permite esta frivolidad óptica para deleitar con unos efectos únicos. Ah, y por si hacía falta decirlo, el campo de visión es enorme.

4- La ciudad

Pacific City, a diferencia de las clásicas ciudades del género, la mayoría con tintes new yorkeros o de L.A, es un vasto escenario dividido en tres grandes islas todas repletas de personalidad y adecuadas a la progresión metabólica del personaje. Un acierto enorme que, si bien permite una libertad relativa (prácticamente todo son exteriores), ofrece una variedad considerable de situaciones en un bello entorno preparado para recibir la explosiva acción del juego.


5- Las físicas

Los efectos producidos por el motor havok en Crackdown sólo pueden ser catalogados de espectaculares. Cada explosión, cada choque entre vehículos o cada granada mediante el bazooka dan lugar a bellos muestrarios de partículas flotantes en todas direcciones, cada una con una respuesta totalmente independiente. Impresionante y devastador al mismo tiempo.

6- Simpleza

Dentro de su conjunción de matices jugables, claro está. Me refiero, sobre todo, a un ritmo directo y llano que de hecho conforma la base del título, que trasciende sin muchos prolegómenos hacia un objetivo a cumplir, en este caso eliminar a los 21 jefes de las 3 bandas enemigas. Sólo las misiones contrarreloj y las carreras por los tejados y en coche rompen esta linealidad castrante, pero que es de agradecer dada la base del juego.

7- Las bandas

Latinos, rusos y chinos dan vida a “Los muertos”, “los Volk” y la “Corporación Shai-Gen”, respectivamente. Un tópico paródico que nos conduce a eliminar los 7 jefes por banda que custodian al jefazo de cada una de ellas en una especie de festival de delincuentes susceptibles de ser acribillados por las cualidades de nuestro hombre fortachón. A destacar el carisma de cada uno de estos “elementos”, cuyo papel constituye el engranaje de las respectivas organizaciones.

8- La voz

Todo lo que escucharemos en Crackdown, sin contar los berridos de los criminales, será la voz de un guía, cual Charlie, que conoce todos los parámetros de nuestro agente. Así, este mentor sonoro nos avisará en determinados momentos de nuestro estado de salud, nuestras probabilidades de éxito y el abanico de acciones que nos da nuestra condición de superagente. Todo un acierto cargado de gracia.

9- Honestidad en las formas

Un detalle que me ha sorprendido de Crackdown es la regularidad en términos de vida de todos sus jefes. Incluso los 3 jefazos de cada banda se pueden eliminar en un abrir y cerrar de ojos, alejándose del estereotipo de boss duro y cargado de energía. Aquí la dificultad radica en completar el camino hacia éstos, por el cual tendremos que esquivar a cientos de enemigos que no dudarán en vaciar sus cargadores para fulminarnos. Es más, con un simple atropello de vehículo puedes matar a uno de estos 21 cabroncetes que rondan por Pacific City. Inimaginable en otros títulos.

10- La conducción

Permítanme que acabe hablando de la conducción, factor probablemente secundario en el juego por el chute de adrenalina que supone llevar al agente brincando y destruyendo. Pero es que el juego, pese a no contar con motos u otros vehículos añadidos, ofrece una suavidad al volante y una sensación de velocidad que supera, para un servidor, las mostradas hasta ahora en GTA (no incluyo la cuarta parte, que no la he jugado). Además, las mejoras en habilidad de conducción dan la posibilidad, ya en un momento avanzado del juego, de lucirse con todo tipo de piruetas en el aire. La bomba.


Evidentemente, Crackdown también tiene fallos. Una corta duración, por ser del género que es, tampoco es muy rejugable y su linealidad puede no gustar a todos. Pero no se puede negar que nos encontramos con un juego de acción a raudales, completo y, lo más importante, con un sello propio. Algo de lo que pocos juegos pueden presumir en la actualidad.

1 comentario:

Alvy Singer dijo...

Es un grandísimo juego, el tesoro infravalorado de xbox 360 y una de las cosas más estimulantes a las que he jugado en muchísimo tiempo. Su falta de pretensiones, tan aparente como indica el final, lo hace todavía mejor.